“Sanar la herida materna”

                es un proceso diseñado para explorar y reparar los efectos que la ausencia emocional, la incoherencia, la exigencia, el control, la dureza o la falta de sintonía materna pueden dejar en nuestra identidad. A través de distintas herramientas de comprensión e integración, aprenderás a reconocer cómo esa herida ha impactado tu autoestima, tu forma de pedir, tu capacidad de recibir, tu relación con los límites y la manera en que construyes vínculos.

El objetivo no es quedarte en la historia, sino integrarla: soltar patrones repetitivos (autoexigencia, culpa, complacencia, hipervigilancia, miedo al rechazo, dificultad para descansar o confiar) y fortalecer una relación más sólida contigo, desde un lugar de seguridad interna, claridad emocional y autonomía afectiva. Porque sanar la herida materna no se trata de culpar: se trata de dejar de repetir, en tu vida, las consecuencias de lo que no recibiste.

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Preguntas frecuentes

Sanar la herida materna es un proceso de despertar incómodo que nos devuelve a la vida.

 

La herida materna no es sólo una herida del pasado, es una herida que seguimos cargando en la forma en que amamos, pedimos, cuidamos, huimos, nos exigimos o nos anulamos.

Una herida invisible, tejida en los años donde aprender a sobrevivir fue más urgente que aprender a ser.

A veces se llama carencia. A veces silencio. A veces perfeccionismo, miedo al rechazo o incapacidad de recibir.

Y nos dijeron que el tiempo lo cura todo, pero el tiempo no basta cuando el cuerpo sigue en alerta, cuando el alma no sabe si es seguro descansar. Porque no sólo fuimos hijas de una madre, fuimos hijas de su dolor no sanado, de su historia no contada, de sus heridas no nombradas.

Y reconocerlo no es para culpar, es para comprender. Es para dejar de repetir. Es para volver al cuerpo, al corazón, a ese anhelo escondido de haber sido vistas, sostenidas, elegidas.

Este no es un camino de reproche, sino de reunión. Con lo que fuimos, con lo que aún duele y con lo que podemos ser cuando nos dejamos sentir.

Aquí no vamos a idealizar el vínculo. Vamos a reconocer la herida, no como destino, sino como puerta. Vamos a escuchar al cuerpo, no como obstáculo, sino como oráculo.

Vamos a recordar que sanar no es borrar el pasado, sino darnos permiso de vivir sin repetirlo.

 

Este es un llamado:


 

✧ A las personas que sienten que algo falta, incluso cuando todo “está bien”.

 

✧ A las que han sostenido demasiado.

 

✧ A las que aprendieron a no necesitar, a no molestar, a no sentir.

 

✧ A las que están listas para recuperar lo que una vez aprendieron a negar: el derecho de habitarse, de cuidarse, de decir “esto me dolió” sin culpa ni vergüenza.

 

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